Siempre me quejo de lo que me va mal, de lo que me disgusta de los demás o de lo que detesto de mí. Pero en verdad, hay cosas de mí que no cambaría, es más, ojalá todo el mundo las tuviera. Ojalá todo el mundo pudiera tener aunque fuese la mitad de fuerza de voluntad que yo, o de mi ganas de vivir. Si la gente pudiera ver lo buenaza que soy, seguramente me tomarían más el pelo de lo habitual Y a pesar de lo que eso pueda acarrearme, me gusta mi forma de ser. No es la ideal para todos los ámbitos, pero soy así y hace demasiado tiempo que aprendí a aceptarme como soy, a diferencia de otros. Mi forma de ser ha ahuyentado a muchos otros, y ha hecho que para algunas personas aguantarme o tratarme sea realmente difícil. La última que se fue, que me dejó más sola que las demás personas que se fueron, en el fondo siempre se sintió algo intimidada por mi fuerte personalidad. Él era demasiado modoso y apaciguado para un espíritu libre y rebelde como yo. Se le quedaba grande mi temperamento, mi forma de pensar, mi manera ambiciosa y poco convencional de ver la vida. Pero ¿sabéis qué? Que él se lo ha perdido, al igual que todos los demás que no me consideraron lo suficientemente importante o relevante como para armarse de paciencia y quererme así, tal y como soy. Aunque no siempre lo muestre o no me parezca necesario repetirlo todos los días, doy gracias por todas aquellas personas que todavía encuentras la forma de soportarme, y motivos por los que seguir queriéndome a pesar de todo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario