domingo, 12 de enero de 2014

Feliz doce de enero.

Hoy tendría que ser un buen día, otro bueno más, otro que continuara la cadena de días sin problemas ni preocupaciones. Independientemente de la lluvia, de que esté nublado o de que sea domingo, sería un gran día. Sin embargo, por errores ajenos y por capricho del destino, es el domingo más gris que he vivido nunca. Puedo decir que literalmente hoy llueve dentro de mí. Diluvia de tal forma que puedo escuchar el caer del chaparrón que inunda mi cuerpo. No hace mucho tiempo que superé aquel lastre que era el amor, que prohibí a mi corazón que siguiera llevándome por ese camino y cogí las riendas de esta sobresaltada y agotadora vida que me ha tocado. Y sin saber cómo, he vuelto a caer en ese mismo charco, sólo que este es peor que el anterior. Mucho peor. Siento que puedo flotar pero no sé por qué no me decido a nadar; sé que puedo salir a flote pero algo dentro de mí hace que prefiera sumergirme sin ver orilla alguna. No sé cómo salir de este pozo que yo misma me he cavado por permitirme volver a enamorarme, pero de una forma mucho más enfermiza que todas las anteriores si es que es posible. Más entrega, más complicidad, más confianza, más planes de futuro y mucho más amor del que cabe en mi pecho. Todo ello es ahora papel mojado, cenizas de las cenizas, polvo y humo esparcidas por un aire que espero que se lo lleve todo lejos de mí, lo más pronto que pueda. Sé que no puedo seguir sin comer, sin dormir, sin parar de llorar noche sí noche también, sin tocar libro, sin reconocerme. Intento resurgir de mis cenizas cual fénix, pero intentarlo significa recordar de qué intento huir, y todavía es demasiado pronto para mí asumirlo, entenderlo. No me reconozco, no sé quién soy ahora mismo, ni dónde está mi antigua yo, ni qué será de ella a partir de ahora. Fui yo la que quiso un amor idílico, de esos que te cambia hasta tal punto que te impide reconocerte después, un amor profundo y sentido, fuerte y apasionado, enfermizo y envolvente. Pues bien, para mal o bien lo he tenido, sólo que me ha dejado sola y abandonada en un mar de recuerdos y momentos que anhelo pero que sé que no volverán. Ha sido él quien se ha equivocado, pero quien realmente está pagando en sus carnes las consecuencias soy yo. Quien no pega ojo y quien no prueba bocado soy yo. Quien no sabe ni cómo empezar a vivir sin ti y sin tenerte tras su espalda, soy yo. Sólo yo era quien realmente amó y se dejó el alma y la piel en hacerte feliz, y para ¿qué? Para quedarme sin ambas, para que lleven consigo tu olor y para que eso me impida resucitar mis adentros. Sólo me hace volver a mis infiernos, a encontrarme con mis peores demonios, a dejarme claro que me has dejado completa y absolutamente sola ante una vida que íbamos a compartir. No sé por dónde empezar sin ti porque se suponía que jamás tendría que hacerlo. Se suponía que ibas a quererme y a respetarme siempre, como yo hice y hubiera hecho hasta mi último día si no hubieras decidido que no merecía la pena. Ni siquiera puedo decir cómo me siento porque a pesar de que han pasado semanas es confuso, desalentador y sobretodo muy doloroso. Se me abren las carnes y el pecho sólo de pensar en decirlo en voz alta. Por primera vez, a pesar de haberlo pensado innumerables veces, he tocado mi propio fondo. Esta vez puedo notar cómo esos brazos gélidos me abrazan, cómo me asfixian, cómo me impiden ver algo de luz o claridad, cómo intenta retenerme allí el máximo tiempo posible. Y lo peor de todo es que no sé si quiero quedarme en la comodidad de ese dolor o armarme de valor y abandonar su cruel cobijo. Lo único que puedo pensar es: ¿para qué me hiciste quererte, respetarte, amarte y darte todo de mí si tú no pensabas hacer lo mismo durante el resto de nuestra vida? Me he sentido vacía muchas veces, pero tú no me has dejado ni las cortinas puestas.

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