viernes, 7 de junio de 2013

Prueba de fuego.

De repente, todo fue al suelo. Los apuntes, los bolígrafos, el estuche, las carpetas... estaba como coloquialmente se dice, "hasta los cojones". Sé que es algo por y para mí, que es una prueba importante, que me juego prácticamente todo mi futuro en esos tres días. ¿Crees que no lo sé? Llevan unos 8 meses de curso repitiéndomelo unas cincuenta veces por profesor, por lo menos. Al principio piensas que es una prueba crucial, pero sólo una prueba al fin y al cabo. Para nada es así. Es una prueba de fe en uno mismo, de superación, de romperte los cuernos porque sabes que merece la pena, que tiene una recompensa. Hay días en los que te levantarás eufórico y estudies en un día lo que antes estudiabas en cuatro. Por el contrario, habrá otros en los que como yo esta tarde, te desesperes. La presión, la falta de tiempo, la falta de sueño y de concentración juegan malas pasadas. Sólo quieres abandonar, no puedes más, quieres parar y descansar... pero ahí, justo ahí es cuando tienes que pensar en todos los fines de semana que te quedaste estudiando, en todas las personas que confían en que podrás, en todas las cosas de las que te privaste o que no hiciste por responsabilidad, en todas las noches que no dormiste por dejarlo todo para última hora. Porque si no tenemos presente el verdadero objetivo y todo lo que hemos hecho para llegar donde estamos, conseguirlo será imposible.

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