Siempre me consideraste una blanda, incapaz de decidir de forma racional. Incapaz de sacar algo a la primera, incapaz de esforzarme lo suficiente, incapaz de dejarme los codos, el alma o las ganas en el intento. Daba igual en qué sentido, nunca me consideraste una persona fuerte ni tampoco sacrificada.
Y aunque ya no suele ser así, en momentos como los de ahora, esas palabras que me repetías tanto, esas risas ante mis aspiraciones o mis deseos, esos silencios que gritaban lo sumamente floja que me considerabas, resuenan.
Reconozco que si hay días en los que me levanto pronto, me dejo los codos estudiando y me acuesto a las cinco de la madrugada sin haber dormido apenas es simplemente para poder darte en las narices. Para demostrarte que ni soy ni fui una floja, una vaga, ni mucho menos alguien que se da por vencida a la primera de cambio. Han pasado los años pero todas aquellas palabras, risas y silencios siguen haciendo eco en mi cabeza. Son parte de las secuelas de esa relación dañina y destructiva. Amistad la llamábamos.
Puede ser infantil o inapropiado en una persona de mi edad, pero sólo cuento los días, los minutos y los segundos para que me pregunte: "¿Qué tal han ido las notas? Espero que bien", aun sabiendo que sólo esperas que te diga lo mal que me ha ido o lo flojas que han sido para que te recrees en lo que crees y piensas sobre mí. El problema es que me sigues viendo como la chica que era antes, esa que conociste a medias y a la que aún a día e hoy, le sigue importando (aunque menos) tu aprobación.
Y aunque ya no suele ser así, en momentos como los de ahora, esas palabras que me repetías tanto, esas risas ante mis aspiraciones o mis deseos, esos silencios que gritaban lo sumamente floja que me considerabas, resuenan.
Reconozco que si hay días en los que me levanto pronto, me dejo los codos estudiando y me acuesto a las cinco de la madrugada sin haber dormido apenas es simplemente para poder darte en las narices. Para demostrarte que ni soy ni fui una floja, una vaga, ni mucho menos alguien que se da por vencida a la primera de cambio. Han pasado los años pero todas aquellas palabras, risas y silencios siguen haciendo eco en mi cabeza. Son parte de las secuelas de esa relación dañina y destructiva. Amistad la llamábamos.
Puede ser infantil o inapropiado en una persona de mi edad, pero sólo cuento los días, los minutos y los segundos para que me pregunte: "¿Qué tal han ido las notas? Espero que bien", aun sabiendo que sólo esperas que te diga lo mal que me ha ido o lo flojas que han sido para que te recrees en lo que crees y piensas sobre mí. El problema es que me sigues viendo como la chica que era antes, esa que conociste a medias y a la que aún a día e hoy, le sigue importando (aunque menos) tu aprobación.
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