sábado, 26 de abril de 2014

Hay que perdonar, y perdonarse.

Puede ser una gran virtud eso de ver lo bueno en las personas a pesar de que haya demasiados motivos que intenten echar esas suposiciones abajo. Claramente, como todo, es bueno en su justa medida. Si esa "característica" la pones en alguien como yo, y si a eso le sumas el exceso y mi forma de ser pasional, puede ocasionar una verdadera hecatombe. Lo normal es ser desconfiado e incluso reacio hacia algunas personas, pero no en mí. No soy confiada tampoco, pero tengo ese don o esa maldición, según se mire, de ver a través de todos los fallos y errores de los demás la luz que ilumina el fondo de sus almas, esa luz que todavía les tiene del buen lado. El problema es que la veo hasta cuando se apaga por completo.
En el fondo seguía viendo a ese chico de dieciséis años atento, dulce y encantador que se sentaba conmigo en clase, con el que hablaba a todas horas, con el que me tiraba tizas y borradores, y con quien día tras día acabé compartiendo hasta el más mínimo detalle de mí, hasta el doblefondo de mis tormentos y alegrías.
Era el ser más impoluto e inocente que había visto en mi vida. Era como arcilla no solo en mis manos, sino en las de cualquiera con un mínimo de carisma. 
Creo que si tenía que enamorarme de él tarde o temprano, aquel momento en el cual era todavía potencia y no acto, hubiera sido el mejor. A fin de cuentas, por aquel entonces la única persona de mi clase, del curso y posiblemente de toda la ESO que no sabía que perdía el culo por mí era yo. Eso o que no quería verlo, que también es probable.
El problema es que me enamoré de él cuando ya habían echado raíces en él el orgullo, el egocentrismo y el egoísmo. Cuando toda esa inocencia e ingenuidad estaban corrompidas y casi extintas, y cuando el único potencial que brillaba en él era el de decepcionar y fallar a quien se le pusiera por delante. Cuando se cambiaron las tornas y era yo la que perdía el culo por él, en demasía he de añadir. Cuando todos esos recuerdos me hicieron montarme una película en mi cabeza de cómo pensé que era, o mejor dicho, de cómo creí que seguía siendo. Pero ya nunca volvería a ser ese chico, y de hecho no ha vuelto a serlo.
Me enamoré de su forma de ser anterior, de su alegría contagiosa y de la facilidad que tenía para serenarme cuando nadie más podía. Pero repito que ese chico ya no existía ni volvió a ver la luz.
He hecho hasta lo imposible por poder perdonarle, por poder volver a estar con él y sentir que en parte, volvía a pertenecerme. No sé si os dais cuenta, los dos gatos contados que leáis esto, que todo se trata de que yo hiciera esto o aquello. Yo le perdone, yo pueda volver con él. Nunca fue un volvamos a intentarlo, empecemos de cero, pongamos los dos de nuestra parte para que salga bien. Siempre fui yo y mis ganas de arreglarlo, yo y mis ganas de tenerle conmigo, yo y mis ganas de quererle y cuidarle. Pero yo, y sólo yo al fin y al cabo.
No había ni reciprocidad, ni ganas, ni nada en él. Se sentaba a esperar, una vez más, que la estúpida de siempre lo hiciera todo por los dos. Si fuimos amigos tantos años es porque yo lo hice todo, porque perdonaba y pasaba cosas que no debería. Y ese no fue el problema, el problema llegó cuando el mismo error lo perdonaba tres, cuatro, veinte veces. Supongo que a todos nos ha pasado eso (al menos si sois igual de ilusos que yo) de que esa otra persona nos dice "lo siento" porque sabe que con eso haremos lo que quiera. Y sí, no niego que ha hecho conmigo lo que le ha dado la gana, consciente de ello o no.
Lo de hoy sólo ha sido la culminación de años y años haciéndome lo mismo, perdonando lo mismo, pero sufriendo el doble. Supongo que hasta yo, a quien deberían darle un premio con honores por paciente, tiene un límite. 
No estaba irascible porque los demás estuvieran más pesados o más quisquillosos de lo normal; estaba que quemaba porque con quien estaba realmente enfadada era y es conmigo misma. Lo estaba cada vez más con cada vez que la cagaba. Era yo quien no se aguantaba a sí misma, no iba con otros el tema. Era algo mío y sólo mío. Yo contra mi razón, yo contra mi sangre fría. Lo que me hacía hervir la sangre era que todo aquello que todos me decían sobre él desde estos cuatro meses lo sabía desde hace años. Que todas esas descripciones sobre cuán gilipollas podía llegar a ser y lo poco que me merecía alguien como él, lo sabía. Y si había algo que realmente me hacía escupir fuego por la boca de rabia es que nada de eso me hacía quererle menos o dejar de hacerlo. Nada de ello fue lo suficientemente fuerte para mí como para decirle que no todas las veces que debí hacerlo. El enfado era conmigo misma, la decepción también. Era contra mí misma con quien estaba evitando luchar, y a quien no quería hacerle frente pues ello supondría tener que reconocer lo mal que lo estaba haciendo todo y lo equivocada que estaba. Era sentarme frente a mí misma y frente a mi amor propio y tener que agachar la cabeza más de lo que estaba preparada para soportar. Es duro dar a otros la razón o tragarse el orgullo cuando sabes que has errado, pero ¿hay algo más difícil que hacerlo ante uno mismo? Es incomparable a cualquier otro sentimiento, a cualquier otro acto. Es seguramente una de las cosas más duras que debe hacer una persona en algún momento de su vida: rendirse cuentas, pedirse perdón, y sobretodo, perdonarse.
Yo no me he perdonado y sigo más que decepcionada con todo lo que he hecho y no debía, con todo lo que he creído que no había por dónde coger. Pero lo hecho, hecho está. No me arrepiento de nada, porque tal y como lo sentí lo realicé, pero no sé si lo repetiría, o no todo al menos. Los reproches o martirizarme aún más no van a hacer que esto se acabe antes. Lo único que puede sacarme de esta inestabilidad, de esta noria de sentimientos, es perdonarme y seguir adelante. Me duele que sea sin él, por supuesto que sí, me duele más de lo que todavía puedo decir con palabras, pero no es lo que yo he elegido. No se ha acabado por mi culpa, sino porque he dejado de tirar sola de un carro para dos. Porque me he cansado de ser el pañuelo de lágrimas de todo el mundo y en especial de ser el suyo para no recibir nada a cambio, nada aparte de reproches, culpas que no eran mías y desagradecimiento.
A pesar de no ser una santa, ni yo me merezco eso. No voy a olvidarme de él, le seguiré queriendo, le seguiré viendo en cada puesta de sol, en cada canción lenta, en cada par de ojos oscuros, en cada noche con una cama demasiado grande para una sola persona. Pero necesito cumplir el tiempo de duelo que mi alma necesita, y después de todo, lo mínimo que puedo hacer es dárselo y esperar que así, aunque no le olvide, deje de quemarme y deshacerme por dentro; que duela menos, y que no me lo ponga demasiado difícil.

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