Fueron tantos los amigos que perdí por el camino... tantos los recuerdos que hoy agolpan mi maltrecho corazón, que me han sobrecogido. Qué sería de mí ahora si no los hubiera perdido; qué sería de mí si los hubiera conservado. Quizá sería más feliz, pero menos yo. Puede que fuera más completa, que tuviera más personas con quien compartir cada experiencia, pero ¿serían de verdad? ¿irían conmigo hasta el final y darían su vida por mí al igual que yo por ellos? Eso no lo tengo tan claro. A todos aquellos que en su día consideré como de mi familia, ya no son más que un tachón de un capítulo a parte, como esos borradores tan mal escritos que sus autores no se atreven a enseñar. Sé que yo también tuve culpa, sé que yo también hice cosas mal, pero siempre fui yo, nunca lo que esperaron que fuera... y puede que ese sea el verdadero motivo. Que fui yo. Que no aparenté normalidad ante lo que me asombraba y que me exaltaba por las cosas que no consideraba correctas. Que no me adapté a lo que gusta oír y creaba mis propias ideas. Con el paso de los años, y con cada uno que iba perdiendo, más me iba encontrando yo, mejor me iba conociendo, y menos me decepcionaba a mí misma. Y qué queréis que os diga, no creo en las casualidades, así que puede que les haya perdido, y que aún hoy les extrañe y en contadas ocasiones piense en ellos y en nuestros mejores momentos, pero en lo que me he convertido y en lo que soy no tienen ya lugar. Es más, puede que los que hayan perdido, en realidad, sean ellos.
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