Después de todo, lo único que hemos aprendido en todo este tiempo el uno del otro ha sido cómo hacernos daño. No entiendo cómo, ni por qué estamos en este punto, pero ya no hay vuelta atrás. Hemos quemado toda nuestra dinamita y lo único que queda es saltar o esperar a que nos consuma. Yo sé lo que es verte en la punta del iceberg y no poder hacer nada; sé lo que es sentirse completa y absolutamente solo. Y aunque al igual que yo lo has estado, puedo jurar y juro que desde que nos conocimos, jamás lo has estado. Nunca te he dejado caer, y si no he podido evitarlo me he quedado contigo, recordándote poco a poco quién eras y sacándote a flote. Me he acostumbrado a que no estés y a apañármelas yo sola, a que nada cuente y a tener que dar gracias si te acuerdas de mí en los días grises. Pero se acabó. No me conformaré más con eso. Si me quieres en tu vida, sabes qué tienes que hacer. Y si no, vete y no vuelvas. Pero no juegues conmigo al tira y afloja porque un día, cuando menos lo esperes, no habrá nadie al otro lado de la cuerda dispuesto a tirar.
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