domingo, 15 de septiembre de 2013

Pain everywhere.

Había estado al borde del llanto muchas veces, demasiadas, aunque han sido más las ocasiones en las que me he hundido en un mar de lágrimas. No sería la primera vez que me duermo de tanto llorar ni será la última supongo. Lo que sí me ha sorprendido es que ha sido la única ocasión en la que me resultaba imposible parar. Nunca había llegado al punto de llorar desconsolada, incesante y desesperadamente. ¿Por qué? No lo sé, preguntádselo al tequila y a la ginebra que llevaba en vena. Me encantaría creerme esa última frase. Claro que lo sé, aunque no recuerde lo que dije ni lo que pensé en ese momento, sí sé que entre esas lágrimas y ese dolor había un nombre, o quizá dos. Mientras todas ellas resbalaban por mi rostro yo iba soltando fuera todo aquello que sobria no me atrevo a admitir, reconocer y mucho menos exteriorizar. Todo aquello de lo que pretendo huir pero sin éxito. Todo lo que me atormenta de día y sólo así he conseguido descargarlo fuera de mí y liberar mis demonios con la esperanza, una vez más, de que no vuelvan.

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