Recuerdo como si fuera ayer qué día me di cuenta de que te quería. No de la forma en la que te había querido hasta entonces, claro, sino de una forma que ni podía ni quería comprender, en parte. Recuerdo esa noche, que marcó el punto de inflexión de toda esta historia. Había querido muchas cosas en mi vida, ansiado tiempo y momentos con personas que me quisieron mal, y también de otras que no quisieron dejármelo ver ni siquiera, pero nunca había anhelado con tantas ganas una piel contra la mía.
Sentía la necesidad de rozarte, aunque fuese lo más mínimo, como si eso fuese lo único importante. Como si así pudiera tocar el cielo. Y cuando pasó, cuando te acaricié despacio, cada parte de tu cuerpo, me di cuenta de que era mucho mejor que eso.
Reconozco que no siempre fui lo suficientemente clara, pero eso no quiere decir que yo no lo sintiera cristalino desde entonces. Sabía perfectamente lo que sentía, lo que quería, lo que éramos capaces de conseguir si nos arriesgábamos a intentarlo. El problema está en que cuando todo parece tan real, tan inminente y, sobretodo, tan idílico, hay algo que nos hace creer que va a hacer aguas por algún sitio en cualquier momento.
No es común que las cosas nos salgan como queremos, y cuando lo tenemos delante, al alcance de la mano y mucho mejor de lo que podíamos imaginar, el miedo irrumpe. Se lleva toda la luz y lo envuelve todo con un negro telón.
Aprendí que hay que ser valiente y atreverse a correrlo, mirar lo que hay detrás de él, y darse cuenta de que nada podría ser más excitante.
Hay una frase que dice que todo lo que quieres está al otro lado del miedo, y no puedo estar más de acuerdo.
Y cómo no, los principios casi siempre son dulces, y éste no fue menos. Como yo esperaba, no tardó mucho en dejar de serlo para pasar a ser lo más amargo que hasta entonces había sentido. Sobra decir que me rompí por todas partes, en mil pedazos. Hubo millones de trozos desperdigados durante días, semanas, meses y noches en las que me ahogaba entre tantos pensamientos. No podía ni llorar, ni eso siquiera. Estaba totalmente vacía, y realmente me sentía muerta por dentro. Puede que fuese una lección, una más, para hacerme ver que la realidad no consiste en flotar en una nube como yo me sentía hasta entonces. Y a pesar de todo ese tiempo, de esas noches y de ese dolor que llegó a consumirme y a transformarme, fue necesario. Cuando todo eso pasó, y empezaron a cicatrizar las heridas, las cosas fueron para mí totalmente distintas.
Me di cuenta de que todos esos pedazos que consideraba rotos en mí, se habían reconstruido tras todo aquello. Que necesitaban romperse para recomponerse y ser lo que siempre debieron ser. Tras todo aquello las cosas cogieron el camino que siempre debieron tomar. Todo era real; esa era la verdadera realidad que ambos siempre debimos compartir.
Nunca podré olvidar esos sentimientos, ni quiero pues me han hecho como soy ahora, pero no me han impedido en ningún momento avanzar. Es más, me han hecho mejorar en aspectos cruciales.
Ni eso ni nadie ha podido destruir todo lo que tenemos, todo lo que queremos en la vida, ni tampoco lo que sentimos el uno por el otro. Nunca dejé de quererte y aunque mi orgullo herido hablaba, tampoco nunca llegué a odiarte. Todo lo malo, todo aquel tiempo para mí se ha esfumado y ha merecido la pena, de verdad que sí. Nos ha hecho crecer lo suficiente como para darnos cuenta de que lo que queremos en la vida es el uno al otro, y nos ha preparado para querernos como siempre debimos hacerlo.
Eres la fuerza en la flaqueza, la luz en la penumbra, y la certeza entre toda mi incertidumbre. Te has convertido en mi hogar, en mi refugio, y no hay lugar más acogedor que entre tus brazos. Me transmites la paz y la calma que a mí me faltan. Y sé que en el fondo, no dependo de ti para hacer mi vida y sé que podría vivir sin ti perfectamente. Pero el punto está en que no quiero, ni es una opción para mí.
Es tu serenidad y tu mente fría ante los problemas lo que complementa la intensidad que a mí me desborda, y lo que equilibra la fina línea que hay entre mi pronto y el extremo. Eres quien sabe hacerme respirar profundo y visualizar. Impides, aunque no demasiadas veces, que mi temperamento exagerado hable por mí, y eso es algo que nadie aún había logrado. Cada día tengo más claro que no quiero días en los que estés, ni atardeceres sin compartir contigo.
No puedo prometerte un futuro de ensueño ni tampoco que siempre vaya a ser tan adorable como en este momento. Seguramente lo que sí puedo afirmar que seré igual de "modesta". Pero aún así, me atrevo a decir y hablar por el presente, incluso por un futuro a corto plazo. Puedo atreverme a decir que te regalaré mis mejores días y mis mejores noches siempre que pueda; me atrevo a decir que seré tu roca cuando todo lo que sientes te haga sentirte perdido, y que cuando te sientas abatido, yo estaré a tu lado, sin articular palabra.
Te digo que el hecho de que sonrías será en muchas ocasiones la mejor recompensa, mi mayor logro.
También puedo decirte que me sentiré orgullosa de ti cuando las cosas te salgan como quieres, pero también cuando todo parezca desmoronarse y perder el sentido.
Puedo decirte que pase lo que pase, serás alguien que siempre podrá contar conmigo, incluso cuando no quieras, incluso aunque me pese.
Y realmente, lo único que quiero ahora es decirte es que te quiero con toda mi alma, decírtelo al oído, y saber que a la vez que me abrazas y me escuchas, mi voz acaricia tu alma.
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